TOMMY, EL LABRADOR
Tommy llegó a la casa de Pablo una mañana de Navidad, cuando Pablo todavía era muy pequeño, recordaba haber visto desde la oscuridad de su caja, las luces del árbol; escuchar la voz de su humano sin antes conocerlo.
—Ábrelo, este es para ti— escuchó.
Recordaba perfectamente el primer momento en que lo vio, supo que era suyo, supo que lo amaría por siempre, era Pablo, un adolescente consentido por sus padres. Tommy, movía su colita con fuerza, lo vio a sus ojos y se enamoró; no podía estar más feliz, desde ese momento su vida la dedicó a Pablo, con quien pasaba horas jugando en el pequeño patio de atrás; o simplemente haciendo nada.
Tommy se sentía muy triste cuando Pablo por alguna razón salía de casa, sin avisar.
—¿Adónde se fue? ¿A qué hora regresará? — él se preguntaba.
Toda ansiedad y tristeza pasaba cuando, de repente, escuchaba unos pasos; sabía que era Pablo desde que sentía su olor a metros de distancia. La alegría que sentía era tan grande que no lo podía evitar, su cola se movía de un extremo a otro con tanta fuerza, que en más de una ocasión; rompió alguna lámpara o adorno.
A Tommy le encantaba cuando Pablo le ponía su correa, era para ir al parque o ir a la escuela; en ocasiones era para ir al doctor, donde no le gustaba mucho ir.
Así pasaron los años. Creció amando y protegiendo a Pablo. Una mañana notó que su humano estaba distante; no quiso jugar ni estar a su lado, por más que lo buscó e intentó estar con él. Pablo lo tomó por su collar, lo llevó al patio de atrás y lo amarró, dejándolo ahí.
Muy dolido; no podía comprender cómo, de un momento a otro, su humano había cambiado. Pablo ya no jugaba con él. El día transcurrió y seguía ahí; a Pablo se le olvidó darle su comida. Eso no le importaba a Tommy, que guardaba la esperanza y lo justificaba pensando que su humano era muy olvidadizo.
—Ya vendrá… lo voy a esperar y estaré listo con mi sonrisa, y lo voy a abrazar como nunca —se decía a sí mismo.
A la mañana siguiente, su estómago comenzó a resentirse. Tenía hambre y sed. No se explicaba cómo se le pudo olvidar a Pablo que se encontraba ahí. Fue cuando, de repente, a través de una ventana lo vio. Su corazón palpitó con mucha fuerza y volvió su sonrisa. Ladraba y ladraba con fuerza.
—¡Pablo, acá estoy! —quería decir.
Tommy se mostró mucho más confundido cuando descubrió que Pablo no estaba solo; al parecer tenía otra mascota en sus manos. A lo lejos, pudo ver que era un gato, al cual Pablo estaba acariciando y mimando.
—A lo mejor Pablo me tiene acá porque me quiere dar una sorpresa y decirme que tengo un hermanito —pensó.
Alrededor del tercer día, temprano en la mañana, Tommy se encontraba aún dormido. Apenas sus ojos se abrieron un poco y lo vio acercarse: era Pablo, que veía hacia él. Saltó con tal fuerza que estuvo a punto de romper la cuerda. Tommy ladró con mucha fuerza, quedándose casi sin energías; no había comido en esos días, pero eso no importaba en ese momento. Estaba feliz de ver a su amado humano.
Notó que Pablo estaba muy callado y distante. Le puso su correa; Tommy no podía estar más feliz. Sabía lo que eso significaba.
—¡Oh, vamos para el parque! —pensó.
Tommy estaba tan feliz que saltaba, ladraba e intentaba abrazar a Pablo. Pablo era otro, no era el mismo que solía ser. Lo llevó a su coche y ambos partieron sin rumbo.
La alegría de Tommy era tan grande que no paraba de ver las calles y los árboles que pasaban, luego de estar unos días en completa soledad en el patio de atrás. Le resultaba maravilloso estar en el coche solamente con su humano.
—Me encanta salir a pasear contigo —se decía Tommy, mientras lo miraba desde el asiento de atrás.
Al cabo de unos minutos bajaron del coche y caminaron por unos minutos. Era una calle donde Tommy no recordaba haber estado antes. Eso no le importó; estaba con su humano. Tommy se sentía amado y cuidado. De repente escuchó hablar a Pablo. Era la primera vez que lo escuchaba en días. Escuchó atento y obedeció.
—Siéntate y no te muevas —dijo Pablo.
Tommy recordó sus clases a las que asistía junto a Pablo. Pensó que estaban jugando, como acostumbraban, y que recibiría un bocadillo después. Inocentemente, vio cómo su humano cada segundo se alejaba más y más, caminando cada vez más rápido en dirección a su coche.
Confundido, no supo qué hacer; no quería decepcionar a su humano ni desobedecerle. A lo lejos vio a Pablo subirse a su coche, vio cómo las luces de atrás se encendieron.
Cuando vio eso Tommy decidió, por primera vez, fallarle y correr hasta donde se encontraba. Corrió y corrió intentando alcanzarlo; ladró con mucha desesperación. Tommy no podía creer que a su humano se le había olvidado que lo estaba esperando. En su mente no cabía espacio para reproches, y Tommy justificaba lo sucedido, diciéndose a sí mismo que Pablo era muy olvidadizo.
Siguió corriendo hasta que logró llegar al coche de Pablo, que tranquilo esperaba en una luz de semáforo. Tommy ladró con más fuerza, apoyando sus patas delanteras en la puerta del coche, al lado del pasajero. Vio a Pablo, quien no pudo darle la cara ni mirarlo, arrancando con tal fuerza que las llantas del coche hicieron ruido.
Tommy se rindió. Estaba muy cansado, sin fuerzas y confundido. La persona que estaba justo atrás del coche de Pablo vio todo; vio la desesperación en el animal y supo de inmediato lo que estaba pasando. No le importó detener el tráfico. Se bajó de su coche, se dirigió hacia Tommy, al mirarlo pudo ver la tristeza reflejada en sus ojos.
—No te preocupes, todo va a estar bien —le dijo.
Cargándolo en sus brazos, lo subió a su coche y pudo sentir las costillas de Tommy.
—Mi nombre es Amanda —le dijo.
Tommy notó que esta fulana le hablaba como si lo conociera de toda la vida y como si él fuera humano. Ella manejaba, hablaba y hablaba. Tommy escuchaba con atención.
—Primero, te pido perdón por lo que te acaba de pasar. A los humanos, en ocasiones, se nos olvida eso: que somos humanos. Tengo un rancho acá cerca; tenemos ovejas, vacas, caballos y algunos cerdos. Creo que tú la vas a pasar muy bien con nosotros —dijo Amanda.
Al mismo tiempo notó que el animal tenía una plaquita con su nombre.
—Así que te llamas Tommy… No pienso seguirte llamando así. Esa fue tu vida pasada y hoy comienzas una nueva —dijo Amanda.
—Sabes que he estado pidiéndoles a mis ángeles por alguien exactamente como tú, un labrador. Por si no lo sabes, eres un labrador. Así que, a partir de hoy, te llamarás Ángel —dijo Amanda.
Tommy, llegó al rancho de Amanda. Fue alimentado, bañado y revisado por el veterinario que trabajaba con ella. La plaquita con su nombre fue cortada y tirada a la basura.
Ahora llamado Ángel, pasó el resto de su vida feliz en compañía de su nueva humana, ayudándola en las tareas del rancho. Tenía un patio trasero grandísimo y muchos más amigos.
Se enamoró casi de inmediato de Amanda; sabía que ella lo cuidaba y también lo amaba. Con el tiempo logró olvidar a su antiguo “humano”.