DE PASEO POR LA CIUDAD
Salí a pasear con mi esposo Miguel y, en un momento medio aventurero, decidimos movernos en transporte público. Si nunca lo has usado en una ciudad como Los Ángeles, es algo que te piensas dos veces. Con mi teléfono, en menos de un minuto ya tenía la ruta y los tiempos. El viaje era de North Hollywood a Santa Mónica y, en promedio, nos iba a tomar unas dos horas. Teníamos que tomar el subway, bajarnos en otra estación y luego agarrar el tren hacia el destino final.
Llegamos a la estación de North Hollywood, nos parqueamos y, para sorpresa nuestra, el subway no estaba funcionando. Miguel, en ese momento, dijo: “Ok, nos vamos en carro”. Justo cuando nos íbamos, un empleado de la estación nos dijo que habían habilitado una ruta de buses hacia la siguiente estación, donde sí estaba corriendo el tren. Así que seguimos con el plan.
Llegamos a Santa Mónica, caminamos un rato y luego decidimos ir por un café. Entramos a una cafetería muy bonita, ordenamos y nos sentamos. En la mesa de nuestro lado izquierdo había tres personas —dos chicas y un chico— que asumimos eran amigos. Las dos chicas estaban alteradas, discutiendo por algo que no entendimos, pero el tono y las caras ya eran suficientes para sacarte de la vibra.
Para variar, llegó una mamá con dos niños de unos tres años. Se sentaron en la mesa a nuestro lado derecho y uno de los niños empezó a llorar con un berrinche muy fuerte. La mamá, claramente cansada, lo dejó en el suelo mientras seguía gritando. No voy a mentir, creo que la juzgué con la mirada.
Miguel y yo nos vimos y, sin decir mucho, nos levantamos y nos cambiamos de mesa. Nos fuimos al patio. El clima estaba perfecto: ni calor ni frío. En la mesa de al lado había una pareja mayor; parecían ya retirados.
Miguel los tenía de frente y noté que los estaba viendo. Yo me enfoqué en la gente y en el clima. Cuando se fueron, Miguel me contó lo que alcanzó a escuchar: estaban discutiendo por algo relacionado con su hija. Al parecer eran divorciados, y la señora, de forma bastante calmada, le dijo que no se sentía cómoda con lo que él estaba diciendo, que eso la hacía sentir mal.
Después de un rato seguimos caminando. Entramos a algunas tiendas de libros y ropa y luego buscamos dónde comer. Pasamos por varios restaurantes frente a la playa, todos bastante bonitos, algunos claramente más caros.
Decidimos entrar a uno. Estaba lindo. De inmediato pensé en cuánto iba a costar. No es que no lo pueda pagar, pero, con cómo están las cosas hoy en día, uno se lo piensa más. Nos sentamos, pedimos unos tragos y la comida.
El mesero trajo las bebidas y, de la nada, una pareja a dos mesas de nosotros empezó a discutir. La mujer era mucho más expresiva, hablaba con las manos; el hombre se mantenía tranquilo. A ella no parecía importarle quién la escuchara. Después de observar un poco, noté que tenían una niña como de cinco años… y un perrito.
Miguel y yo nos vimos, como preguntándonos en silencio qué estaba pasando con todo el mundo ese día.
La verdad, todo eso me hizo darme cuenta de algo. La relación que tenemos no es perfecta, pero funciona. Y viendo todo eso alrededor, se siente suficiente.
Desde ese momento dejé de pensar en la cuenta y me enfoqué en disfrutar el almuerzo con él.
Y sí… los tragos estaban buenísimos.